Para eso están las metáforas, para que entendamos algo, para hacernos sensibles a la flexibilidad del mundo. Quizá el mayor síntoma de rigidez, de degeneración, sean las certezas. Esos burros de los que no somos capaces de apearnos, pero tampoco de demostrarlos con algo de rigor. Me ha costado ser consciente del miedo que da la libertad. He necesitado asimilarlo con la metáfora del folio en blanco. El tópico.
De repente caigo en que mi vida es este algo informe, solitario y pleno; este algo sobre el que puedo ejercer toda mi autoridad, con manos de alfarera o a golpes de karate. Con generosidad y compasión. O con cadenas. Este algo que lo mismo avanza por puertos de montaña, que se demora debajo de un árbol en un parque urbano, que se sacude la arena de entre los dedos de los pies antes de ponerse los zapatos.
Delante de mí brilla la pantalla. Parpadea impaciente el cursor. No me presiona, no: me guiña el ojo. Da miedo empezar algo, algo que puede ser ancho y hondo, lo que yo quiera, a mi medida. Basta con mover los dedos, con hacer del camino la medida del éxito. Escribo de nuevo.
Es verano, los puertos están abiertos.