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martes, 22 de noviembre de 2011

ADIVINOS


¿Quieres saber cómo será tu vida dentro de diez, veinte años? Nada más fácil. Solo detente y observa lo que piensas. Cómo lo piensas. Las emociones. Adivinar el infierno es fácil. Solo hay que dejarse vencer por la ira, por el rencor, por la envidia. Por la cobardía, o la pereza. Echarle siempre la culpa a los demás. Asegurar que el cielo no existe, sino solo las nubes.

Pero aún necesitamos los milagros, los misterios, creer en el destino inexorable. Nada más fácil. Mirar a los ojos de la gente, recordar, escuchar y luego mirar adentro y ver qué será de nosotros. Solo para valientes.

jueves, 15 de septiembre de 2011

PREGUNTAS. Perdón I


¿Qué pasa después de la ofensa? ¿Cuál es el verdadero significado del perdón? ¿Es ser como el agua, que vuelve a la normalidad después de recibir la piedra? La guarda en el fondo, quizá la arropa en fango y la olvida, en su seno cálido o helado. O la deja posarse junto al resto de piedras. No la devuelve a la orilla, envuelta en un tsunami.

Es posible que asumir la capacidad del otro para dañarnos sin querer con su conducta sea asumir la propia imperfección. Qué cosa más intolerable: nosotros, que siempre tenemos la razón; nosotros, que siempre merecemos el perdón. Seres impolutos que hallamos siempre la culpa en los demás, y nunca preguntamos al espejo. Seres impolutos que vemos humanidad en nuestras ofensas y agravio en las de los otros. Que en nuestra ceguera consideramos soberbia la generosidad del que nos regala la remisión de nuestra falta, el milagro del olvido.

¿Cuál es la magnitud de éste? ¿En qué sustrato debería permanecer la deuda? ¿Cuánto tiempo hace falta para domar las mareas? De lejos, las rocas se convierten en piedras. Las olas, en ondas que apenas rompen la superficie de la calma. ¿Es la distancia la solución? ¿Lo es acaso el tiempo?

Lejos, pasados los años, seguimos siendo imperfectos.

¿Basta con apartarse de las manos que tiran piedras a los trenes, a los lagos? Piedras que reboten contra la superficie. ¿Terminará alguna vez la eterna infancia?


sábado, 13 de agosto de 2011

DEMASIADO


Lo difícil es conciliar, el equilibrio. Conocer el innegable valor que tiene cada vida, mi vida, pero no envanecerme, ni creerme diferente. Suena ingenuo, ¿verdad?: diferente. Por lo general, nos consideramos mejores, en el fondo. Lo que no es más que ignorancia, la misma ignorancia que nos salva y nos condena. Suena ingenuo, ¿verdad?: mejores. Cuando demasiado a menudo lo que pensamos es que somos superiores. Y eso solo es una condena.

Lo difícil es comprender que hemos venido a hacer algo, hacerlo, y no tomarse demasiado en serio. Ni creer demasiado en la férrea existencia de este yo que a veces cree en su superioridad, en que es mejor. Ese yo que, solo por eso, se revela ignorante. Ese yo que, por lo tanto, nos engaña.

Pero, si no confiamos en nosotros mismos, ¿en quién confiaremos? ¿Cuándo llegaremos a casa? ¿Quién nos hará sentir seguros?

Confiar en el constante cambio.

Únicos, que no diferentes.

Sacar pleno partido a nuestra caja de herramientas...

Demasiado para un sábado de agosto.


miércoles, 13 de julio de 2011

LLEGA UN MOMENTO


Llega un momento en que hay que aceptar las encrucijadas. Y dejar la obstinación de lo no logrado para otras reencarnaciones, por si acaso. Es decir, tomar una de las bifurcaciones. Y mejor hacerlo andando. Porque llega un momento en que hay que apearse del burro antes de que este se canse y nos apee por la orejas. Decir que no, y tal vez, salir corriendo. Y el burro que haga lo que quiera.

Llega un momento en que uno repara en que esa cosa informe, inestable, solitaria o no, bacheada a tramos, suave y lisa y amorosa a veces; esa cosa informe en la que, decía, el día menos pensado uno repara en que es su vida.

Eso que se puede dividir en días, en instantes, en sueños, en fantasías, en amores, en cursos escolares, en estados mentales, en cafés o en copas. En besos dados o no dados, en perdones, en portazos, en renuncias pacíficas. En carreteras secundarias, autopistas, autovías, caminos de cabras, caminos de baldosas amarillas. En sueños cumplidos, en sueños por cumplir. En eclipses presenciados. En novelas.

En cadenas.

Llega un momento en que hay que pagar el peaje y adentrarse en la autopista. Decidirse a quitar las cadenas, a resbalar, quizá a caer por algunos precipicios inventados. Y dejar que el burro vaya donde quiera.

jueves, 16 de junio de 2011

ESCUELA DE FUNAMBULISTAS

No encuentro de quién es la foto. Si molesta, la retiro.


Alguien debería enseñarnos a reconocer las derrotas, a dejar de machacarnos con cosas absurdas, a envejecer, a dejar de amar, a dejar de ser amados. Alguien debería enseñarnos a sonreír en los días malos, a ser generosos también cuando sufrimos, a saber detenernos, a saber acelerar; a no dejar que el miedo nos gobierne, pero aceptar que existe: a sentirlo y, aún así, seguir adelante. Aunque el camino sea de huida.

Alguien debería enseñarnos a aceptar la vida como es y como viene.

A respirar.

A decir adiós a los amigos.

Alguien debería enseñarnos a hacer las maletas. Y no mirar atrás. A reconocer nuestros ojos en el espejo.

Alguien debería enseñarnos a andar por cable. Con red o sin ella. A quedarnos solos. A intuir el futuro y, aun así, mantener el equilibrio, y dar el paso siguiente, y el otro. Alguien debería enseñarnos que no se llega nunca a casa.

viernes, 20 de mayo de 2011

SOFTWARE


El problema del cerebro es que el software acaba por convertirse en hardware. Te instalan el programa desde niño y, para cuando creces, éste ya se ha convertido en conexiones neuronales hechas y derechas, que campan por sus respetos, mueven tu pensamiento, tus emociones y tu cuerpo a un son que muchas veces te deja atónito ante la propia conducta. Asombrado ante el pánico, ante el ego, ante la dependencia. Y el único remedio a veces es abrirse camino con excavadoras, y arietes, con cascanueces. Siempre, con el inexorable poder de la ternura. Con la fiera determinación de ser quien eres por encima de todas las cosas, pero sin pasar por encima de nada, ni de nadie. Y para los programas más antiguos, más sutiles, más fosilizados, el arma más potente de todas: esa compasión que es la famosa gota de agua que horada la roca más dura sin dañarla.

lunes, 2 de mayo de 2011

THE BIG COUNTRY




“—Gracias —dijo el viejo. Era demasiado simple para preguntarse cuándo había alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que no era vergonzoso y que no comportaba pérdida del orgullo verdadero.”
El viejo y el mar. Ernst Hemingway.

Esta cita de Hemingway, anotada hace tiempo, vuelve a mi cabeza mientras veo por enésima vez Horizontes de grandeza (The big country. William Wyler. 1958).
El verdadero orgullo. Ese que está despojado de ego. Facilón, sí. Un aprendizaje para toda una vida. El amor propio que no supone una separación de los demás, ni una distinción con respecto a ellos. Un sentimiento que no busca elevarnos, sino hacernos sólidos. Que no refuerza la vanidad y el reconocimiento, sino la satisfacción más íntima, la que solo nuestros ojos están capacitados para ver, en un territorio hacia dentro, el gran, gran país interior.
Ese país que, por mucho que nos empeñemos, nadie podrá nunca dominar, conocer del todo. Ni siquiera nosotros, a veces. Ese país de cuya exploración y aceptación depende nuestro bienestar más básico, la utopía de la felicidad. La dignidad. Ese país cuyo reconocimiento implica luego el respeto de las fronteras ajenas, de la dignidad del que tenemos enfrente. Un espacio en el que alimentar el ego, el orgullo, la superioridad, es simplemente un error de concepto, una manifestación de la ignorancia.
Porque los grandes países no se superponen, sino que colindan.
Solo cuando conocemos ese país podemos sentir la curiosidad suficiente porque el otro nos abra una ventana y nos permita disfrutar de sus paisajes. Y el amor: la única razón para compartir esa labor de reconocimiento del terreno con otro ser, para permitir que alguien entre. Alguien que sepamos que no tiene intención de incendiar nuestras praderas, ni de mover los hitos para ampliar su espacio.
Pero me he ido del tema, creo.

Gran película, por cierto. Peck, hombre inconmensurable. Y la asquerosa bella Jean Simmons, cuya delicada fortaleza envidio desde que se llevó al huerto a Espartaco.