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martes, 7 de agosto de 2012

AGOSTO


Me gusta Madrid en agosto. Esos huecos que dejan las personas, a los que sé que no debo apegarme, porque llegará septiembre y sus proyectos. El silencio a medias de los coches ausentes. Las calles despobladas a la hora de la siesta. El asfalto reverberando a lo lejos, casi en Cuatro caminos. Y mis pasos. Cada vez más firmes, más livianos. Porque resulta que es posible caminar sobre este suelo subatómico hecho de vacíos. Pasar de puntillas por los lugares hostiles a los que no pertenezco. Respetar el ansia de los depredadores, por los días en los que esta pantera temía conciliar los sueños, por caerse de la rama, dar con su cuerpo sobre el suelo recio y sufrir por el sufrimiento de creer verse a sí misma, rota, repartida en cada uno de los mil cristales negros. (¿En cuál de las partes de la pantera se halla la esencia, el alma misma, de la pantera? ¿En la astucia, en las zarpas, en el ojo izquierdo, en la cola, en la velocidad, en el silencio?)
Madrid en agosto puede aparcar en cualquier sitio su vocación de selva y abrirse en bulevares con bancos a la sombra. Puede obrar el milagro de la calma. Y hasta los barrenderos podrían dejar de poner el ser en sus escobas, aunque siguieran un poco enfadados con los perros y sus dueños.

lunes, 5 de septiembre de 2011

DESDE EL AGUA


Un día el agua vuelve a ser transparente. En la superficie, el rostro reflejado te recuerda a alguien. No importa agitarlo, que se descomponga. Ahora sabes que no has venido aquí para eso, para la eternidad, sino solo para habitar el fugaz instante y dejar libre tu hueco después. Tampoco has venido para detenerte demasiado tiempo en esa imagen: de todos modos, no durará.

Poca importancia tienen entonces, desde el agua, los agravios, las ilusiones. El pasado. La quimera del futuro. El instante se disuelve en la intensidad. Todo lo que nos queda es vivir hasta la médula esas emociones pasajeras, lo que sentimos y hacemos sentir.

Si nos paramos a separar las partes, cada pieza de lo malo se recicla en la construcción de lo bueno. Al momento siguiente. Los que llamamos nuestros enemigos son los maestros de nuestro bienestar. Desde el agua, nuestra vida no se puede convertir en un juego de evitación, ni de enfrentamiento. Solo de amor y aceptación. Un día las turbulencias desaparecen y, si enfocamos bien la mirada, podemos ver el fondo de arena dorada y piedras que acarician.

Al menos hasta que suba la Marea y todo desaparezca.


lunes, 16 de mayo de 2011

VACUIDAD


Se diluye ante mí la imagen, si la miro. Si pienso ¿quién escribe estas palabras? ¿dónde quedo yo en esto? por un instante todo se presenta vacío y, de repente, deja de doler la herida. Descomponer las partes hasta que no haya todo. Y la realidad se convierta en millones de pulgas que no paran de moverse, pero que de lejos son una mesa, tu silueta que me espera apoyada en ese mar de pulgas que, de lejos, es sin duda una farola. Veo tu sonrisa y sé que no es tal, sino labios, y dientes, y hoyuelos, y tus ojos grises, y el amor, y la ausencia.

Y yo no estoy en ninguna parte. ¿o dónde estoy, acaso? ¿me identifico más con el cerebro, con la mano izquierda, el primer metro de intestino delgado, el útero? En todo, ah, claro. Estoy en todo el cuerpo. Pero no lo percibo. Soy un cielo azul que, cuando me despierto, se nubla por completo. Entonces te echo de menos, me arrepiento de todo. Pero luego respiro y sé que tampoco estoy yo en ese arrepentimiento. Que Leo tan solo es el cuerpo, y el recorrido de mis años. Que un día moriré.

Y así, de repente, ya no duele.

Escribo y todo cobra sentido. En las letras se reúne la experiencia de eones. La humanidad, el salto infinito de un segundo a otro. Algo que jamás podré abarcar, que no tiene importancia, pero es todo.

Ya, ya lo sé. Yo tampoco lo entiendo.