Me siento como si regresara después de un largo viaje. Al fin de
vuelta, al fin en casa. Respiro profundo y se me saltan las lágrimas.
Es de cansancio, de echar de menos, de hallar el calor intacto
esperándome, con esa mentira al borde de los labios, todo va a ir
bien, todo va a ir bien. Me vale la mentira, me la bebo. Nunca debí
marcharme, tal vez. La vida obliga. Me quito los zapatos y abro las
ventanas. Sacudo las sábanas que convertían mis muebles en
fantasmas. El polvo reverbera, se demora en los haces de luz. Me
llega el ruido de la calle, las paredes me abrazan de nuevo. La cama,
el sofá, mi mesa de trabajo. Aquí estoy. Donde puedo ser tierna y
no avergonzarme de ser quien soy. Reconocer mis hierros, sostenerme,
enmendar los yerros a golpe de martillo e incandescencia. He vuelto a
mi casa hecha de letras. Con algunos sueños menos, fatigada, llena
de sudores. He visitado algunos sitios este tiempo. Algunos
ciertamente tenebrosos. Otros parecían lugares de dicha y solo
escondían dolores vestidos de fiesta. Por suerte hay posadas
bondadosas, las de siempre, y consuelan de los que se van sin avisar,
de los que son tan pequeños que siguen necesitando hacer daño para
creerse grandes, de los que la vida te arrebata, de los que amenazan con arrebatarnos. A todos se los
quiso, aunque de eso ya nadie se acuerda. Salvo los viejos
papeles, algunas lágrimas, y estas paredes cariñosas que me abrazan, que parecen
encorvarse a mi paso para abrazar mis dudas. Al fin en casa. Respiro
profundo y se me saltan algunas lágrimas audaces.
Os he echado mucho de menos.