El ginecólogo le ha dicho que todo es por las hormonas. Las causantes del mal humor, de la tristeza, de su labilidad emocional. De que esté tan pronta para la ira, como para el llanto. Qué gran alivio. Dice que con una pastilla diaria se regulará todo en su organismo. Así de fácil. Adiós a las jaquecas. Su ánimo ya no se subirá al barco pirata. Dejará de reír en los funerales. También le ha dicho que es posible que pierda sensibilidad. Claro que él se refiere a las terminaciones nerviosas. Pero ella lo ve un alivio igual, sí, aunque resulte irónico, o incluso hiriente. Una pastilla al día y todo arreglado. Debe tomarla siempre a la misma hora, él recomienda que con el desayuno. Para empezar bien el día. Será un tratamiento no muy largo, según parece: unos meses, un año a lo sumo, le dice. Ojala. Ha salido de la consulta muy contenta. Aliviada. En la sala de espera ha leído una revista en la que decían que todo es cuestión de química. Los sentimientos, la atracción, todo eso. Una pastilla al día y recuperará el equilibrio. Debe confiar en la medicina. Se le ocurre que quizá con dos deje de quererle. Y quién sabe, puede que con tres al día, le olvide por completo. Un alivio enorme, sí.
lunes, 13 de julio de 2009
sábado, 4 de julio de 2009
EQUIVOCADOS
Anoche pasé por la Gran Vía a las tres de la madrugada. Las aceras estaban llenas de gente. Gente. Cada uno con sus cadaunadas. Qué pequeños. Qué grandes. Todos dando pábulo al deseo, creyendo que el camino es auparnos unos sobre otros, hacernos ver, diferenciarnos. Todos equivocados. Dejamos que taladren nuestros corazones las mentiras. Perdemos la inocencia a cada paso. Nos autoconvencemos de que ya no hay marcha atrás, que ya nunca seremos lo que siempre quisimos ser, que no se puede desandar lo andado. Que no existe el perdón. Equivocados. Poniendo capas y capas de miseria, de silencios preñados de orgullo, de miedo, de rechazos. Empeñados en buscar en la separación la manera de destacarnos; en la profilaxis emocional, el modo de no volver a sentir dolor, de escondernos de la vida. Tristes, con tal de no dejar que nada ni nadie nos toque. Sin darnos cuenta de que el veneno que damos al otro es a nosotros a quienes envenena. Que el beso que nos guardamos es un beso que perdemos. Creemos que lo importante es sentirnos importantes en lugar de respirar; o que es mejor el burladero que abandonarnos a ser lo que somos delante de esos ojos que amamos y que no nos aman; que se está mejor encaramados a cualquier pódium que caminando entre esa gente que suda, que implora, que entierra sus talentos bajo tierra o los lanza desde una avioneta, miles de papeles blancos llenos de equivocaciones que caen sobre nuestras cabezas. Gente. Dónde estaremos mejor que poblando las aceras. Dentro del coche tuneado: el mismo atasco. Todos equivocados. Madrid, Gran Vía, viernes, a las tres de la mañana.
domingo, 28 de junio de 2009
RESUMEN DE ESTOS DÍAS
Como, bebo, permanezco serena, mantengo el buen humor. Trabajo. Leo a Dostoievski y recuerdo quien soy. Escribo. Escribo. Escribo. Llamo a una amiga. Me río. Sueño que fumo. Miro a mis padres y guardo la instantánea. Veo la tele. Me sorprendo. Conjugo algún recuerdo. Me desespero. Quito las bolas de naftalina de las alas. Fantaseo. Lloro a ratos. Pienso. Me lleno de cielo. Cierro los ojos. Me enfado. Canto. Salgo a caminar al caer la tarde. Me tomo una cañita. Converso. Echo de menos. Dibujo un imposible. Respiro. Digo Sí.
Continúo mi camino.
Continúo mi camino.
lunes, 22 de junio de 2009
DESNUDOS CON EL SOL
-Estoy pensando en algo muy raro -dijo ella.
-¿Ah, sí?
-Sí. Estoy pensando en que si no hubiera sido de día cuando me dijiste que me querías, habría tenido que echarme a llorar. ¿No es raro?
-Sí.
-Como si significara más en la oscuridad que con luz. Pero no es así, porque cuando más difícil resulta hablar de esas cosas es a la luz del sol, ¿no te parece?
-Sí. -Él seguía mirando las nubes-. Es como si los ojos se quedaran desnudos con el sol.
-¿Yo tengo los ojos desnudos?
-No, tú no.
Kjell Askildsen. Desde ahora te acompañaré a casa. Ed. Lengua de trapo. Madrid, 2008. (Pp 29-30).
lunes, 15 de junio de 2009
SUSTANTIVADA
¿Es distinta Leo amable de Leo enfadada? ¿Leo dulce de Leo tajante, Leo alegre de Leo callada? ¿Acaso Leo depende de los adjetivos?
¿Acaso no soy una única pieza con límites definidos, invariable, mutante cuántica, a pesar del color con que me pinte yo, o me pinten otros ojos?
¿Acaso soy distinta de nada ni de nadie?
¿Acaso depende el sustantivo de la cantinela que le añada el adjetivo?
¿Y si deduzco (Leo excéntrica, Leo desmesurada) que pienso en adjetivos porque no acierto a redondear los objetos, porque no encuentro el verdadero nombre de las cosas? ¿Es correcto añadir verdadero al nombre de las cosas?
(Lunes: hoy quiero sucumbir al engaño de los sentidos, creerme que los objetos permanecen, que hay algo estable a lo que asir mi desconcierto. Dejo para otro momento el abordaje de otras instancias, los dominios del movimiento, el sutil territorio de los verbos).
¿Acaso no soy una única pieza con límites definidos, invariable, mutante cuántica, a pesar del color con que me pinte yo, o me pinten otros ojos?
¿Acaso soy distinta de nada ni de nadie?
¿Acaso depende el sustantivo de la cantinela que le añada el adjetivo?
¿Y si deduzco (Leo excéntrica, Leo desmesurada) que pienso en adjetivos porque no acierto a redondear los objetos, porque no encuentro el verdadero nombre de las cosas? ¿Es correcto añadir verdadero al nombre de las cosas?
(Lunes: hoy quiero sucumbir al engaño de los sentidos, creerme que los objetos permanecen, que hay algo estable a lo que asir mi desconcierto. Dejo para otro momento el abordaje de otras instancias, los dominios del movimiento, el sutil territorio de los verbos).
viernes, 12 de junio de 2009
LLUVIA
Este espejo se muerde las uñas. Añora la calma. Está descontrolado. Es puro afán de decir, de expresar. Tiene miedo, pero aguanta el tipo. No se entera de lo que le estás diciendo, pero asiente y se lamenta contigo. La próxima vez se acordará de tu nombre, y del de tu hijo, y te preguntará qué tal fue su operación de amigdalitis. Se tomará dos cañas, veinte mojitos, cuarenta y seis cubatas y te reirá las gracias. Bailará un poco, hablará de la vida, filosofará un rato. Besará a algún idiota. Se hará la interesante. Hablará por hablar, callará lo obligado. Callar. Callar. Callar.
Y al caer el sol, o quizá al levantarse, volverá a su pared, y se convertirá en lago, en una sombra, en una vasta altiplanicie en la que tumbarse y, sin prisas, permitirle a cada gota de agua de su cuerpo que se evapore, que ascienda, que se pelee con dulzura con las masas de aire frío hasta condensarse, hacerse nube, dejarse mecer por el viento, viajar a otros cielos sin mirarle a los ojos al revisor y, al fin, poder permitirse el lujo de caer. Caer. Caer. Caer.
domingo, 7 de junio de 2009
DESEMBARCOS
Siempre se vuelven oscuros los días en los que el miedo gana las batallas. Cuando sube la marea de la duda e inunda todo lo inundable (llega hasta la boca, anega la sonrisa, asciende, va llenando los ojos: pobres, cuánto esfuerzo para desaguar en pequeñas gotas tantos años de aprender abandonos, como tratar achicar con un vaso las bodegas del Titanic).
Cuando menos me lo espero llegan los refuerzos. Desembarcan en las playas protegidas con descaro, roban la arena mojada, que se les queda pegada a las botas, a la ropa, enredada en el pelo. Hay sorpresas al mirar las caras de los aliados: hasta ha venido George Harrison, que se fuma un porro mientras me dice que todo está bien; y la pequeña Beatriz, que con cuatro meses ya ha capturado la inmensidad del sol en su sonrisa y lo contagia por toda la trinchera.
Cuando menos me lo espero llegan los refuerzos. Desembarcan en las playas protegidas con descaro, roban la arena mojada, que se les queda pegada a las botas, a la ropa, enredada en el pelo. Hay sorpresas al mirar las caras de los aliados: hasta ha venido George Harrison, que se fuma un porro mientras me dice que todo está bien; y la pequeña Beatriz, que con cuatro meses ya ha capturado la inmensidad del sol en su sonrisa y lo contagia por toda la trinchera.
Nadie detendrá su avance. No pienso darle cancha ni siquiera a mi torpeza. De repente siento que todo es posible, que hay fuerzas que se ríen de todas las corazas. Late París en el centro-izquierda de mi pecho
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