martes, 1 de septiembre de 2009

DEFINITIVAMENTE


El príncipe azul existe.
(Es lo que tiene estar de exámenes. Que tanta deprivación sensorial conduce a ciertas extrañas maneras de aliviar el desánimo y relajar el cerebro. La fantasía es una de ellas. Me voy a la ducha. Aristóteles me lo agradecerá, aunque Epicuro proteste).

martes, 25 de agosto de 2009

MI LIBRO DE ALMÁSY




Siempre me gustó el conde Almásy, de El paciente inglés.

Tan distante, tan circunspecto, como si estuviera siempre agraviado, como si nunca llegara a disfrutar con nada. Pero con una pulsión de vida recóndita, superior a él mismo, que le obliga a canturrear sin darse cuenta, todo el tiempo. Una pulsión evidente para quien se tome la molestia de mirarle más adentro. Impecable con su camisa blanca, bello, perfectamente masculino.

Me gustan Almásy y sus nadadores. Almásy hablando de los vientos, desbordado por K. Tomando posesión de una minúscula parcela del cuerpo amado, del universo entero. Almásy y su ira por la derrota. ...Y sus lágrimas al comprender que no había entendido nada, justo cuando se había agotado el tiempo.

Pero lo que más me gustado siempre de Almásy es su libro. No Heródoto en sí, sino lo que significaba. Un libro. La fidelidad. Un libro que te presta sus páginas ya impresas para que traces los mapas en ellas, para que escribas en él tu salmodia, una inicial o el nombre entero, una y mil veces. El libro en el que guardar los secretos, envolturas de caramelo, entradas de cine. El libro salvador que te lleve en volandas con sus manos de tinta a otros mundos más soportables, que te abra la mente. O que estrangule con esas mismas manos al tiempo asesino de la ausencia.


Desde entonces, antes de abrir un nuevo libro me pregunto si será el libro. Mi libro. Si lo habré encontrado. O si me habrá encontrado él a mí, más bien. El libro de Almásy. Inagotable en sí. Un libro que sea yo sin serlo, al que confiar mi silencio, al que ligar mi destino. Una quimera.

Han sido tantos años de búsqueda que ahora, que acaricio las tapas de éste, que hundo la nariz entre sus hojas y escucho, como si no fuera mío, un canturreo que viene de lejos, y siento temblar las hojas de mis ramas más altas, ahora, decía, me entran dudas. Y tengo miedo de este espejo. De la sensación de que nos conocemos desde siempre. Quizá porque intuyo que es inagotable. Y también que le gusta guardarme los secretos.
Puede que le pregunte qué se hace con las dudas. Con el desbordamiento. Con el miedo. A él. O quizás al mismo Almásy. Estoy segura que su voz de pulmones quemados me diría que no hay nada que temer. Que pruebe a buscar las respuestas en sus páginas. O algo parecido.

martes, 11 de agosto de 2009

COLEGIO

No sé resolver estas ecuaciones.
Emborrono los cuadernos. Lo intento, vuelvo sobre ello, borro con ímpetu, con todo lo que tengo. El papel cuadriculado se va afinando: es casi transparente en algunos sitios. En otros ya no es, o es agujeros. Respiro las virutas. Estornudo.
Cada error ha dejado su rastro de grafito, milimétricas torres de Pisa. Número sobre número. Ya nada es legible. Muerdo el lápiz. Se hace de noche y persevero, sentada a la mesa de la cocina, bajo la tenue luz de aquel primer flexo, que era rojo y olía a plástico quemado. Copio de nuevo el enunciado en una hoja limpia. No me llegan los pies al suelo. El castaño de indias, frente a la ventana, amarillea.
Pido ayuda con mi misma torpeza de calculadora. Lanzo la petición al aire, cruzo los dedos, espero. Borro otra vez. Vuelvo a estornudar. Desenrollo el cable del teléfono. Y de repente me pregunto si es preciso, si necesito saber la solución de este problema. Si no puedo pasar al siguiente, confesarme incapaz, asumir el fracaso. Recoger las virutas hasta juntar otra goma, darle aliento y conseguir que palpite de nuevo. Me pregunto a quién se le ocurrió esa ecuación de 36,5 grados. Quién la incluyó entre mis deberes. Si yo soy de letras puras, después de todo. Latín e Historia del Arte. Qué hago aquí sentada, pastoreando números rebeldes, aullándole a la luna. Por qué me resulta imposible renunciar a lo imposible.

jueves, 6 de agosto de 2009

VASOS VACIOS



La tomo de la mano. La niña que fui le teme a los fantasmas. La invito a entrar en la oscuridad. A desaprender. Según avanzamos, todo se aclara. Luz. No existe el miedo. Las dos tenemos que desaprenderlo. Aprender la generosidad, un amor que nada tiene que ver con el sentimentalismo, ni con la cobardía, sino con lo necesario, con dar, con comportarse como un ser humano. Nada más. No todo está perdido. Desaprender el miedo, el egoísmo. Y remar. Su remo en el mío. Remar.
A veces en mares de lágrimas. A veces en vasos vacíos.

domingo, 26 de julio de 2009

LOCUS AMOENUS

Ahí estoy. En la inmensidad de esta pradera donde todo parece ser posible. Sopla un viento suave que trae voces cálidas. Palabras queridas. El olor de la lavanda. Un viento que se ofrece como mensajero. Le cuento un secreto. Que haga con él lo que quiera. Toda la verdad, el corazón entero. Ya no me pertenece. Nunca lo hizo. El viento es sabio y sabrá hacerse entender. Dejará que se evapore, que ascienda, que se condense, que llueva donde tenga que llover. Posará mi mano en su mejilla. Me tumbo sobre la hierba. Respiro banderas blancas. No hay nada que esperar. Nada va a suceder. Estoy descalza, al fin. Descalza.

miércoles, 22 de julio de 2009

TODO EL AMOR DEL MUNDO*

"Tomar el papel con cautela, no vaya a ensimismarse.
Sostener el bolígrafo como quien sostiene un pincel,
con mucha levedad.
Empuñar el silencio y convertirlo en palabra,
paladeando el verso, el ritmo, las imágenes,
el hombre que se cruza con su sombra,
los paisajes perdidos, los que no conociste,
las bocas cuyo umbral tu boca no ha alcanzado,
un fresco vendaval que se avecina.
Sin miedo, estás jugando,
todo vale en el cuarto de los juegos.
Escucha cómo huelen las palabras,
con qué delicadeza te hieren, vacilantes.
Escucha cómo el eco de las voces
oculta esa otra voz que eres tú mismo.
Sigue su curso y habla
en tu nombre y en el suyo,
en el nombre del hombre que nos sueña,
como si se pudiera decir lo que se siente,
como si se pudiera
sentir lo que ahora escribes."

Es un poema de Eduardo García.
*No sé cómo se titula el poema; ni siquiera si tiene título. El título de la entrada es mío. Por si aca...

viernes, 17 de julio de 2009

DESTINO

Yo no sé si creo en el destino. En esa entelequia que hace y dispone y ordena y organiza nuestras idas y venidas. Pero se me antoja cruel, si es que acaso existe. Cruel, si pienso en esa madre que hoy ha olvidado a su pequeño en el asiento de atrás de su coche.
O en la enfermera cuya negligencia acabó con el pequeño Rayan, ese ser que no parecía estar hecho para la vida. Rayan.
O de esa niña, la única superviviente del accidente aéreo de Air France, que flotó en la inmensidad del mar, sola, durante horas, hace apenas unos días.
A veces no es lo peor morir.
Es posible que nunca los porqués tengan sentido.
Que ni siquiera lo tenga preguntarse.