
Siempre me gustó el conde Almásy, de El paciente inglés.
Tan distante, tan circunspecto, como si estuviera siempre agraviado, como si nunca llegara a disfrutar con nada. Pero con una pulsión de vida recóndita, superior a él mismo, que le obliga a canturrear sin darse cuenta, todo el tiempo. Una pulsión evidente para quien se tome la molestia de mirarle más adentro. Impecable con su camisa blanca, bello, perfectamente masculino.
Me gustan Almásy y sus nadadores. Almásy hablando de los vientos, desbordado por K. Tomando posesión de una minúscula parcela del cuerpo amado, del universo entero. Almásy y su ira por la derrota. ...Y sus lágrimas al comprender que no había entendido nada, justo cuando se había agotado el tiempo.
Pero lo que más me gustado siempre de Almásy es su libro. No Heródoto en sí, sino lo que significaba. Un libro. La fidelidad. Un libro que te presta sus páginas ya impresas para que traces los mapas en ellas, para que escribas en él tu salmodia, una inicial o el nombre entero, una y mil veces. El libro en el que guardar los secretos, envolturas de caramelo, entradas de cine. El libro salvador que te lleve en volandas con sus manos de tinta a otros mundos más soportables, que te abra la mente. O que estrangule con esas mismas manos al tiempo asesino de la ausencia.
Desde entonces, antes de abrir un nuevo libro me pregunto si será el libro. Mi libro. Si lo habré encontrado. O si me habrá encontrado él a mí, más bien. El libro de Almásy. Inagotable en sí. Un libro que sea yo sin serlo, al que confiar mi silencio, al que ligar mi destino. Una quimera.
Han sido tantos años de búsqueda que ahora, que acaricio las tapas de éste, que hundo la nariz entre sus hojas y escucho, como si no fuera mío, un canturreo que viene de lejos, y siento temblar las hojas de mis ramas más altas, ahora, decía, me entran dudas. Y tengo miedo de este espejo. De la sensación de que nos conocemos desde siempre. Quizá porque intuyo que es inagotable. Y también que le gusta guardarme los secretos.
Puede que le pregunte qué se hace con las dudas. Con el desbordamiento. Con el miedo. A él. O quizás al mismo Almásy. Estoy segura que su voz de pulmones quemados me diría que no hay nada que temer. Que pruebe a buscar las respuestas en sus páginas. O algo parecido.