viernes, 6 de mayo de 2011

CALIGRAFÍA


Lo escribí todo en un papel de miedo, tan fino que al escribir por el reverso las letras del anverso se colaban, se enredaban, los palos de las tes, trepadoras, del otro lado de la páginas. Los puntos de las íes se hacían goma y rebotaban de una esquina a otra. Acelerando.

Y eso que apreté apenas el lápiz. De puro miedo que tenía a que te enteraras de que por ti era vulnerable. Y confundía las caras con las cruces. Era un papel de fumar, la hoja. También mi confianza. La fortaleza endeble de los deseos locos. Era un falso papel mojado. Algo que servía, pero no servía para lo que servía. Sino solo para seguir viviendo. Para probar la calidez del hilo radiante un día de verano. En previsión del invierno. Ejercicio de caligrafía. En previsión de los papeles satinados, blancos, puros, de más de ochenta gramos. Papeles que desencadenan los deseos locos de los bolígrafos. Nacidos, hallados, para dar cabida a lo inefable. Para soportar los mapas. La calidez verdadera del diario. Locos papeles que solo podrá fumar el tiempo. Donde se puede apretar el trazo todo lo necesario, porque hay anversos y reversos, días y noches, y el amor no se hace transparente, y los palos de las tes no tienen miedo de caer en un abismo. Ni de ser tratados como grama, pisados sin piedad por los palos de las pes. Donde los puntos se quedan con las íes a pasar la tarde.

El hombre que echa a reciclar las cartas del banco no tiene ni idea. Maravilloso mundo. Siempre vulnerable, mundo.

lunes, 2 de mayo de 2011

THE BIG COUNTRY




“—Gracias —dijo el viejo. Era demasiado simple para preguntarse cuándo había alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que no era vergonzoso y que no comportaba pérdida del orgullo verdadero.”
El viejo y el mar. Ernst Hemingway.

Esta cita de Hemingway, anotada hace tiempo, vuelve a mi cabeza mientras veo por enésima vez Horizontes de grandeza (The big country. William Wyler. 1958).
El verdadero orgullo. Ese que está despojado de ego. Facilón, sí. Un aprendizaje para toda una vida. El amor propio que no supone una separación de los demás, ni una distinción con respecto a ellos. Un sentimiento que no busca elevarnos, sino hacernos sólidos. Que no refuerza la vanidad y el reconocimiento, sino la satisfacción más íntima, la que solo nuestros ojos están capacitados para ver, en un territorio hacia dentro, el gran, gran país interior.
Ese país que, por mucho que nos empeñemos, nadie podrá nunca dominar, conocer del todo. Ni siquiera nosotros, a veces. Ese país de cuya exploración y aceptación depende nuestro bienestar más básico, la utopía de la felicidad. La dignidad. Ese país cuyo reconocimiento implica luego el respeto de las fronteras ajenas, de la dignidad del que tenemos enfrente. Un espacio en el que alimentar el ego, el orgullo, la superioridad, es simplemente un error de concepto, una manifestación de la ignorancia.
Porque los grandes países no se superponen, sino que colindan.
Solo cuando conocemos ese país podemos sentir la curiosidad suficiente porque el otro nos abra una ventana y nos permita disfrutar de sus paisajes. Y el amor: la única razón para compartir esa labor de reconocimiento del terreno con otro ser, para permitir que alguien entre. Alguien que sepamos que no tiene intención de incendiar nuestras praderas, ni de mover los hitos para ampliar su espacio.
Pero me he ido del tema, creo.

Gran película, por cierto. Peck, hombre inconmensurable. Y la asquerosa bella Jean Simmons, cuya delicada fortaleza envidio desde que se llevó al huerto a Espartaco.

martes, 26 de abril de 2011

OTRA VEZ, RENUNCIO




Resulta que no se perdió nada. Con el miedo que tenía de que el amor resultara baldío, el tiempo ofrecido y rechazado, la dulce presión de los abrazos que quedaron en proyecto. Qué doloroso, pensar como inútil toda esa energía, el amor que encerraba la generosidad; la generosidad encerrada en la metáfora de tantos otros gestos tontos. Toda esa energía que la mariposa australiana ha aprovechado, para ordenar con su aleteo las letras de los nombres dichos al aire. Hasta formar uno nuevo. O mejor: uno transformado.
Solo se pierde lo que no se da por codicia, por miedo. El tiempo, los besos. La vida escribe las demostraciones con tiza blanca, tenaz, en días, instantes como pizarras. Hace mucho que lo sabía, lo que pasa es que la cabeza se distrae, se centra a veces en sobrevivir, en bobadas, en ganar al Barça, contar calorías, mirar al suelo. Hoy me lo recuerdan, la vida, tú. Que hace mucho que renuncié a los trasteros. Que hoy, otra vez, renuncio.

domingo, 24 de abril de 2011

DÍAS DE AMOR PERFECTO


Me he quedado en casa esta semana santa para poder dedicarme en cuerpo y alma al feliz acto de engendrar mi cuarto hijo. Así que estos días se han materializado en amor y en hogar. En paseos, reflexión, conversaciones, largas horas de lectura y de sueño. Y muchas, muchas anotaciones.

Yo escribo con mapa (Javier Marías dixit). Y ahora estoy en ello: en cartografiar los incipientes relieves de la historia que, recién fecundada, como loca, se gesta en mi cuerpo. Una masa de células, de letras, un tumor maravilloso al que pronto comenzará a latirle el corazón.

La nueva criatura parece querer tener más argumento que sus hermanas. Aunque no sé si debo celebrarlo mucho, pues no las tengo todas conmigo, dudo que ese argumento gane la batalla, sobreviva, cuando el embrión desarrolle su sistema nervioso. Es muy posible que para entonces toda esa trama de acciones se haya adelgazado hasta darse la vuelta, como un calcetín, y quede volcada en la dimensión en la que me siento más cómoda como narradora. El turismo de interior. La intimidad.

Es curiosa la manera que tienen las historias de abrirse camino a través de la maraña de pensamientos, sueños, temores, amores. Todo ese lío que conforma la existencia virtual. Esta nueva idea surgió a partir de una entrada que quería publicar en el blog. Cuando mis acostumbradas doscientas o trescientas palabras se habían convertido en tres páginas fui consciente de que un gameto había quebrado de nuevo la membrana. Aquí los síntomas son automáticos, no hay espera. La náusea es inminente. Los antojos. La sensibilidad aumenta. Ciertos olores y sonidos se hacen insufribles. El cuerpo, en su afán de cadena de montaje, trabaja a destajo produciendo células y vida, ideas, así que la sensación de cansancio es constante y solo es vencida por la somnolencia. Asusta un poco, la verdad: crece tan deprisa que tengo miedo de que resulte ser un monstruo.


miércoles, 20 de abril de 2011

FELICES DÍAS

Creo que al final la vida puede resumirse en el inventario de las horas y los días. O expandirse y hacerse inabarcable e inspiradora: depende de cómo decidamos contárnosla. Según qué historias se abran camino en nuestra mente. Creo que se puede elegir una manera bella y armónica de vivir la imperfección y el dolor de la vida. Lo que no es bello ni armónico. Creo que se puede mirar la realidad, y verla, y no regodearse en el sufrimiento, ni en la mezquindad. Creo que el dolor y la felicidad no son por fuerza incompatibles. Creo en la saludable costumbre de salir a pasear al sol los días buenos y refugiarse bajo el toldo cuando llueve. Creo en los caminos, en las personas, en el cambio y en las ventajas del optimismo. Y sobre todo creo que no debo tomarme muy en serio nada de lo que crea. Ni nada de lo que deje de creer.

Os deseo unas felices vacaciones de Semana Santa a todos.

viernes, 15 de abril de 2011

ME GUSTAN LAS NOVELAS


1- Me gustan las novelas en las que la historia es lo primero y no el ego del autor. Cuya forma está al servicio del contenido, que no tratan de engañarme con filigranas ultra modernas mamá, mira qué bien escribo que intenten ocultar la vacuidad del contenido o incluso del autor.


2- Me gustan las novelas en las que puedo subrayar tres o cuatro frases. Y apuntarlas en algún cuaderno, en un post-it, y pensar sobre ellas, o escribir algo. Pero tres o cuatro frases: si son más estaríamos hablando, quizá, de ego.


3- Me gusta que me hagan sonreír, pero con un humor basado en la mirada, y no en la anécdota o en el chiste.


4- Me gusta que me emocionen, incluso que me arranquen alguna lágrima de humanidad, de ternura, de tristeza, pero no de telefilm.


5- Me gustan las novelas en las que no se notan las puntadas. Las novelas paridas con esfuerzo, pero sin que se note. Las que hablan de cosas que duelen, pero sin lamentos, ni autocompasión, ni despecho oculto.


6- Me gustan las novelas en las que me imagino el final desde el principio, pero no porque se vea de un modo evidente, sino por esa falsa intuición. Es decir, que el autor sea habilidoso con los indicios, y complemente la ficción con otra ficción: que lo hemos pillado porque somos más listos que el resto.


7- Me gustan las novelas en las que los personajes no son como yo, aunque se me parezcan en algo. En las que empatizo sobre todo por los defectos, pero sin pasarse. En las que nada es lo que parece. En las que dos más dos nunca son cuatro, ni los personajes reaccionan como yo, pero sí como cabría esperar de ellos.


8- Me gustan las novelas en las que reconozco aspectos, conductas, familiares, pero no comunes en exceso. O aquellas que descubren nuevas perspectivas de los lugares comunes.


9- Me gustan las novelas que dejan puertas entreabiertas, que no agotan los temas, que sugieren, que no me dan la comida masticada, ni me hacen el avioncito con tal de que me lo trague todo.


10- Me gustan las novelas que cuentan mucho más de lo que cuentan. Cuya historia no se reduce a lo que muestran las palabras.


11- Me gustan las novelas porque puedo intentar escribirlas y procurar con desigual fortuna ser fiel a todo lo anterior.


Continuará...

miércoles, 13 de abril de 2011

LA MUJER DE LOT


Empezó a llover. Poco a poco. Primero solo chispeaba pero en pocos minutos aquello se convirtió en un aguacero. Ella se había detenido. No podía soportar marcharse sin echarle una última mirada a la ciudad que la había visto vivir. Y mentir. Y entregarse. Tenía la esperanza de verle por última vez, de adivinar su silueta a lo lejos, en el mismo camino que la alejaba a ella. Si su deseo se cumpliera, si él también hubiera logrado escapar, se las arreglaría para zafarse de Lot y de los demás y esperarle escondida detrás de alguna roca. Juntos.

Nada más volverse, recordó el mandato, la cólera. Era una mujer de sal petrificada al borde del sendero. Y encima, la lluvia. Deseó que arreciara de veras, que la disolviera antes de darle tiempo a completar el castigo. A verle, a adivinar su silueta a lo lejos, en el mismo camino.