Lo escribí todo en un papel de miedo, tan fino que al escribir por el reverso las letras del anverso se colaban, se enredaban, los palos de las tes, trepadoras, del otro lado de la páginas. Los puntos de las íes se hacían goma y rebotaban de una esquina a otra. Acelerando.
Y eso que apreté apenas el lápiz. De puro miedo que tenía a que te enteraras de que por ti era vulnerable. Y confundía las caras con las cruces. Era un papel de fumar, la hoja. También mi confianza. La fortaleza endeble de los deseos locos. Era un falso papel mojado. Algo que servía, pero no servía para lo que servía. Sino solo para seguir viviendo. Para probar la calidez del hilo radiante un día de verano. En previsión del invierno. Ejercicio de caligrafía. En previsión de los papeles satinados, blancos, puros, de más de ochenta gramos. Papeles que desencadenan los deseos locos de los bolígrafos. Nacidos, hallados, para dar cabida a lo inefable. Para soportar los mapas. La calidez verdadera del diario. Locos papeles que solo podrá fumar el tiempo. Donde se puede apretar el trazo todo lo necesario, porque hay anversos y reversos, días y noches, y el amor no se hace transparente, y los palos de las tes no tienen miedo de caer en un abismo. Ni de ser tratados como grama, pisados sin piedad por los palos de las pes. Donde los puntos se quedan con las íes a pasar la tarde.
El hombre que echa a reciclar las cartas del banco no tiene ni idea. Maravilloso mundo. Siempre vulnerable, mundo.
