No viene el autobús. No voy a llegar a tiempo. Lo sé: es culpa mía. Tenía que haber salido antes. Pero ha sido imposible. He dormido fatal, necesitaba ese ratito de siesta. No ha sido por pereza. Ha sido necesidad. Mi cuerpo, que se subleva.
Camino arriba abajo por la acera, hasta los límites marcados por el armazón metálico de la parada. Una y otra vez. Los coches pasan. Atisbo su interior. Gentes con caras que me desagradan. Les pinto yo otras, para que estén más guapos. Empiezan a encender los faros. La tarde se escapa. Me pregunto dónde irá, a qué viene tanta prisa. Al fondo de la avenida no se ve nada. Aún no viene. Miro el reloj: no llegaré a tiempo.
Diez minutos de cortesía, es lo habitual, lo que manda la buena educación.
Pienso en ella, en su cara tan cambiante. A veces sonríe sin enseñar los dientes. Cuando se pone seria me estimula, me hace poner en marcha los engranajes, buscar mejores soluciones. Cuando llora nunca sé consolarla. Sólo serán diez, quince minutos de retraso. Vaya, sería mala leche no esperarme.
No hay apenas tráfico, reparo en ello. Y siento algo parecido a la esperanza. Esperará. Cómo podría no hacerlo.
Viene el autobús. Es verde. Me anima. Subo con cuidado, son altos los peldaños, apenas me da la falda para trepar por ellos. Me siento junto a una de las ventanas. Hace frío y el aire está cargado. Un hombre me mira, sentado de espaldas al conductor. No me gusta su cara. Le pinto otra. Me pregunto si no se mareará yendo ahí sentado. Él esquiva mis ojos y a mí me entran ganas de reír.
Los semáforos se cierran cuando nos ven aparecer. Miro el reloj de nuevo. Suspiro. Mañana no dormiré la siesta, me acostaré antes, procuraré cambiar el hábito. Sólo van a ser diez minutos largos. No es para tanto. Ella me esperará.
Quizá llegue tarde. No, no. Ella es puntual como la muerte. Por algo es su contraria. O quizá su hermana. No lo sé. Niego con la cabeza. El hombre vuelve a mirarme. Ahora pensará que estoy loca. No, no, caballero. Sólo es que voy con prisa.
Ya veo mi parada. Me pongo en pie, estiro la ropa, me paso la mano para ordenar mis greñas. Atisbo la esquina, colgada de la barra para no caer por el frenazo. No veo nada, fuera ya está oscuro. Las ruedas chirrían y empieza a dolerme la cabeza. Algo parecido al miedo empieza a coger ventaja. Ya me saca medio cuerpo. Me siento como un galgo. No. Mejor, como un caballo. Si me descuido, llegará antes que yo a la cita. Se ha escapado de mis manos, no puede ser. Corre mucho más que yo, que el autobús, que el aire. Al fin se abren las puertas. Camino rápido, alcanzo el lugar exacto. Las manecillas me dicen que no he llegado por los pelos. Siete minutos. Ella no está. Ya se ha ido.
Aún perdura su perfume en el aire. El miedo se apoya en la pared, cruza las piernas y enciende un cigarrillo. Yo no sé que hacer. Ella siempre llega en punto. Se ha ido. No sé si volverá a llamar. Puede que esté enfadada. Pero yo puedo explicarlo, soy humana, no es tan raro lo que me ha pasado. Claro que ella me dirá que lo mismo me pasó ayer. Y la semana pasada. Que llevo así desde los quince años.
Tiene razón. Me da lo mismo. Que piense lo que quiera. Yo ya sé que ella es lo único que tengo. Busco una cabina. Aprieto el paso. Las volutas de humo me indican que él ni se ha movido. Respiro tranquila. Marco con decisión. Volverá a quedar conmigo. Lo sé. La próxima vez pondré el despertador. Se acabó. Solucionado. Ella querrá quedar, perdona pronto. Tal vez no le queda más remedio. Sólo la tengo a ella. Y ella a mí.
miércoles, 28 de febrero de 2007
martes, 27 de febrero de 2007
EXCUSAS
No sé por qué me devora al ansiedad en algunos momentos. Cuando pienso en la labor ingente que me queda por delante y en la pequeñez de mis manos. Cuando acuden las excusas a tomar café conmigo y se arman de valor, se crecen, se disfrazan incluso de razonables.
Y yo voy y me las creo. Porque quiero creerlas, porque tengo miedo, porque me asustan las madrugadas en las que no sale el sol, los días vacíos, los sueños que se pudren bajo las alfombras.
Las creo y las repito, como salmodias. Las dejo que acomoden a sus formas la materia maleable de mi mente.
Me adentro en la espesura, machete en mano. Me falta el valor para acuchillar a algunas sombras respondonas. Pienso en los obstáculos, los agrando al abrirles las puertas de mi casa.
Me pongo a escribir con la vaga intención de hallar la brújula. Con el deseo de juntar las letras exactas que accionen los resortes de la magia, y me empujen fuera de esta nube tóxica, sin contemplaciones.
El tiempo, las ocupaciones, la falta de talento, la competencia.
La musa, la ignorancia, la necesidad.
La responsabilidad, el reclamo del rebaño.
La exposición, las críticas. La amargura. La envidia.
Las dificultades. Los años.
El esfuerzo, el esfuerzo, el esfuerzo.
La debilidad, las dudas, las encrucijadas.
Puedo seguir confiando en la lotería.O ponerme a fabricar el boleto, la tinta, el papel. El metal del bombo, las bolas numeradas, el notario, el interventor, las azafatas neumáticas que canten los números con pasión profesional. Etcétera.
Y yo voy y me las creo. Porque quiero creerlas, porque tengo miedo, porque me asustan las madrugadas en las que no sale el sol, los días vacíos, los sueños que se pudren bajo las alfombras.
Las creo y las repito, como salmodias. Las dejo que acomoden a sus formas la materia maleable de mi mente.
Me adentro en la espesura, machete en mano. Me falta el valor para acuchillar a algunas sombras respondonas. Pienso en los obstáculos, los agrando al abrirles las puertas de mi casa.
Me pongo a escribir con la vaga intención de hallar la brújula. Con el deseo de juntar las letras exactas que accionen los resortes de la magia, y me empujen fuera de esta nube tóxica, sin contemplaciones.
El tiempo, las ocupaciones, la falta de talento, la competencia.
La musa, la ignorancia, la necesidad.
La responsabilidad, el reclamo del rebaño.
La exposición, las críticas. La amargura. La envidia.
Las dificultades. Los años.
El esfuerzo, el esfuerzo, el esfuerzo.
La debilidad, las dudas, las encrucijadas.
Puedo seguir confiando en la lotería.O ponerme a fabricar el boleto, la tinta, el papel. El metal del bombo, las bolas numeradas, el notario, el interventor, las azafatas neumáticas que canten los números con pasión profesional. Etcétera.
domingo, 25 de febrero de 2007
ECOLÓGICOS
Él una vez quiso cortarme una estrella y yo se lo impedí. Piensa en las generaciones venideras, le dije. Yo me conformo con un beso. Es cierto, respondió, si todos nos pusiéramos a empuñar tijeras, hasta con el firmamento acabaríamos. Yo asentí, claro. Y ensayé la caída de ojos de lady Di (qepd). Que era como sacar la falsa modestia a pasear, sin collar, ni bozal, ni microchip que la identificara. Pero te lo agradezco. Él sonrió, marcando hoyuelos. Y vi cómo mis átomos ascendían hasta el cielo, formando una espiral, un tornado, levantando los techos de las casas, los coches aparcados, hasta la tapa de mis sesos.
Pero pasó el tiempo. El se dedicó a lo suyo. Y yo a lo mío. La jardinería cósmica dejó de estar de moda en nuestras tardes. Planté mentiras y crecieron los silencios. Empecé a ver con claridad los rostros de otros hombres. El ya había dejado de mirarme. O puede que fuera solo la progresión natural de su miopía. Mezclada con algo de astigmatismo, siempre usando una cuchara de madera. Una punta de sal. Dos cucharadas soperas de vinagre. Un sobrecito de levadura de aburrimiento. Olvidar la mezcla varios meses, en un recipiente hermético, sobre la mesa de la cocina.
No abrir hasta que reviente la tapadera de plástico. Entonces, tirar a la basura.
Después tuvimos que dejar que pasara el tiempo. Someternos a dieta de palabras, sufrir la hambruna de los besos.
A veces, cuando cae la noche y miro al cielo, me pregunto si de verdad era tan fácil. Si sólo tenía que haberle dejado, y después prenderme el astro en la solapa. Pero enseguida sacudo la cabeza, lo niego con rotundidad.
Tanta luz habría terminado por cegarnos.
Pero pasó el tiempo. El se dedicó a lo suyo. Y yo a lo mío. La jardinería cósmica dejó de estar de moda en nuestras tardes. Planté mentiras y crecieron los silencios. Empecé a ver con claridad los rostros de otros hombres. El ya había dejado de mirarme. O puede que fuera solo la progresión natural de su miopía. Mezclada con algo de astigmatismo, siempre usando una cuchara de madera. Una punta de sal. Dos cucharadas soperas de vinagre. Un sobrecito de levadura de aburrimiento. Olvidar la mezcla varios meses, en un recipiente hermético, sobre la mesa de la cocina.
No abrir hasta que reviente la tapadera de plástico. Entonces, tirar a la basura.
Después tuvimos que dejar que pasara el tiempo. Someternos a dieta de palabras, sufrir la hambruna de los besos.
A veces, cuando cae la noche y miro al cielo, me pregunto si de verdad era tan fácil. Si sólo tenía que haberle dejado, y después prenderme el astro en la solapa. Pero enseguida sacudo la cabeza, lo niego con rotundidad.
Tanta luz habría terminado por cegarnos.
ET VOILÀ
"Dejo sobre la acera mi hatillo de recuerdos,
ecos del ayer, miedos del mañana.
Fotos, enseres, olores, viejos entuertos.
La suerte que no viene, las manos que no buscan.
Dejo sobre la acera mis pasadas ilusiones,
el futuro soñado en mi pasado.
Y un sonido ensordecedor, penetrarte de lleno en mis oídos,
el sonido más estridente y dañino...El sonido del silencio...
Comienzo a andar. Me fundo en el fluído del presente.
Soy lluvia nueva y seré pronto mar,
Soy ascua encendida que pronto volverá a arder.
Soy. Sencillamente. Me abrazo a la cadencia de mis pasos.
Sigo adelante."
Nos ha quedado bonito. ¿Verdad? Muchísimas gracias a todas por participar.
ecos del ayer, miedos del mañana.
Fotos, enseres, olores, viejos entuertos.
La suerte que no viene, las manos que no buscan.
Dejo sobre la acera mis pasadas ilusiones,
el futuro soñado en mi pasado.
Y un sonido ensordecedor, penetrarte de lleno en mis oídos,
el sonido más estridente y dañino...El sonido del silencio...
Comienzo a andar. Me fundo en el fluído del presente.
Soy lluvia nueva y seré pronto mar,
Soy ascua encendida que pronto volverá a arder.
Soy. Sencillamente. Me abrazo a la cadencia de mis pasos.
Sigo adelante."
Nos ha quedado bonito. ¿Verdad? Muchísimas gracias a todas por participar.
viernes, 23 de febrero de 2007
AVANZAMOS..
Muchas gracias por la colaboración. ¿Seguimos un poquillo? A ver si lo terminamos en el fin de semana.
"Dejo sobre la acera mi hatillo de recuerdos,
ecos del ayer, miedos del mañana.
Fotos, enseres, olores, viejos entuertos.
La suerte que no viene, las manos que no buscan.
Dejo sobre la acera mis pasadas ilusiones,
el futuro soñado en mi pasado.
Y un sonido ensordecedor, penetrarte de lleno en mis oídos,
el sonido más estridente y dañino...El sonido del silencio...
Comienzo a andar. Me fundo en el fluido del presente.
"Dejo sobre la acera mi hatillo de recuerdos,
ecos del ayer, miedos del mañana.
Fotos, enseres, olores, viejos entuertos.
La suerte que no viene, las manos que no buscan.
Dejo sobre la acera mis pasadas ilusiones,
el futuro soñado en mi pasado.
Y un sonido ensordecedor, penetrarte de lleno en mis oídos,
el sonido más estridente y dañino...El sonido del silencio...
Comienzo a andar. Me fundo en el fluido del presente.
jueves, 22 de febrero de 2007
POEMA
"Dejo sobre la acera mi hatillo de recuerdos,
ecos del ayer, miedos del mañana.
Fotos, enseres, olores, viejos entuertos.
La suerte que no viene, las manos que no buscan...
Gracias por la colaboración.
Vamos bien, ¿no? Anímaos a seguir.
Que no se diga...
ecos del ayer, miedos del mañana.
Fotos, enseres, olores, viejos entuertos.
La suerte que no viene, las manos que no buscan...
Gracias por la colaboración.
Vamos bien, ¿no? Anímaos a seguir.
Que no se diga...
ERA GLACIAR
Vivimos una nueva era glaciar. Los científicos parecen no haberse dado cuenta. Aunque supongo, que, como yo misma, cada uno de ellos reparará en ello al cruzar el umbral de sus propias casas. Sólo allí podemos encontrar calor. Esa manta de afecto que nos abriga el corazón. Y por desgracia, cada vez hay más hogares sin esta calefacción.
Salgo a la calle y tropiezo con los velos de escarcha que llevamos en las pupilas, que tienen el mágico efecto de hacer que veamos al otro a cientos de kilómetros de distancia, incluso como un ser de otra especie.
Se me hace duro pensar que esas masas grises se pueden fragmentar en personas. Reparar en que damos por bueno que nadie se implique en nuestros problemas si no nos conoce. O aun conociéndonos. Me reconozco a mí misma diciendo “si no es más que un mandao”, para justificar el desinterés, la frialdad, la deshumanización. Para no sentirme herida y sola, y también para encontrar la autorización para hacer yo lo propio llegado el caso.
Procuramos cosas buenas a nuestros hijos, les cuidamos. Sentimos una ternura devoradora mirándolos, viéndoles crecer. Pero somos capaces de ser terribles con los hijos de los demás, de aplastarlos en beneficio de los nuestros.
Bajo nuestros abrigos, nos preocupamos por el clima del planeta, por el calentamiento global. Ojalá emitiéramos sustancias que crearan un efecto invernadero de tolerancia, de implicación, incluso de cariño. Ojalá nos diéramos cuenta de que está sucediendo lo contrario. Una nueva era glaciar, propiciada por la pérdida de la individualidad, por la asimilación de unos des-valores generales que se pierden en la generalización, por la necesidad vital y falsa de que tenemos que pertenecer a un grupo, implicando esta pertenencia, la asunción de unos valores que muchas veces poco tienen que ver con lo humano.
Olvidamos que somos seres sensibles. O, con suerte, reservamos esta sensibilidad para el círculo más próximo. Y luego nos quejamos de la indefensión. De que no se escuchan nuestras voces. Nos quejamos de los que ostentan el poder, pero somos nosotros quien delegamos en ellos.
Me he adentrado en un mar de espesura, amargo, difícil, hasta tópico...
Y luego nos cuesta entender que haya otros motivos. Vemos como inútiles a las personas que toman una opción distinta, caminos que no desembocan en bienes tangibles para la comunidad, personas que renuncian a formar parte activa de esa entelequia llamada sociedad. Los vemos absurdos, juzgamos sus vidas como carentes de sentido.
No quiero engañarme: los cascos polares no se están derritiendo. Nos invaden.
Salgo a la calle y tropiezo con los velos de escarcha que llevamos en las pupilas, que tienen el mágico efecto de hacer que veamos al otro a cientos de kilómetros de distancia, incluso como un ser de otra especie.
Se me hace duro pensar que esas masas grises se pueden fragmentar en personas. Reparar en que damos por bueno que nadie se implique en nuestros problemas si no nos conoce. O aun conociéndonos. Me reconozco a mí misma diciendo “si no es más que un mandao”, para justificar el desinterés, la frialdad, la deshumanización. Para no sentirme herida y sola, y también para encontrar la autorización para hacer yo lo propio llegado el caso.
Procuramos cosas buenas a nuestros hijos, les cuidamos. Sentimos una ternura devoradora mirándolos, viéndoles crecer. Pero somos capaces de ser terribles con los hijos de los demás, de aplastarlos en beneficio de los nuestros.
Bajo nuestros abrigos, nos preocupamos por el clima del planeta, por el calentamiento global. Ojalá emitiéramos sustancias que crearan un efecto invernadero de tolerancia, de implicación, incluso de cariño. Ojalá nos diéramos cuenta de que está sucediendo lo contrario. Una nueva era glaciar, propiciada por la pérdida de la individualidad, por la asimilación de unos des-valores generales que se pierden en la generalización, por la necesidad vital y falsa de que tenemos que pertenecer a un grupo, implicando esta pertenencia, la asunción de unos valores que muchas veces poco tienen que ver con lo humano.
Olvidamos que somos seres sensibles. O, con suerte, reservamos esta sensibilidad para el círculo más próximo. Y luego nos quejamos de la indefensión. De que no se escuchan nuestras voces. Nos quejamos de los que ostentan el poder, pero somos nosotros quien delegamos en ellos.
Me he adentrado en un mar de espesura, amargo, difícil, hasta tópico...
Y luego nos cuesta entender que haya otros motivos. Vemos como inútiles a las personas que toman una opción distinta, caminos que no desembocan en bienes tangibles para la comunidad, personas que renuncian a formar parte activa de esa entelequia llamada sociedad. Los vemos absurdos, juzgamos sus vidas como carentes de sentido.
No quiero engañarme: los cascos polares no se están derritiendo. Nos invaden.
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