Ayer falleció Ángel González (Oviedo, 1925). Era sólo un poeta; era y lo será siempre, mientras nos queden sus libros. Era mi poeta favorito, un ser que me había hecho sentir, temblar, con sus palabras. A mí como a tantos otros.
Hace dos años tropecé con él en la Feria del Libro de Madrid. No me lo esperaba en absoluto, pues no asociaba ese zoco con la poesía (ingenua que es una). Recorría las casetas, mirando más a los mediáticos que a los libros, en realidad, mientras conversaba con un amigo. Y allí estaba él: con sus ochenta años y su chaqueta puesta, a pesar de que hacía un calor infernal. No pasó nada interesante, no sé bien por qué cuento esto. Me quedé plantada delante de él, sin ser capaz de decir nada más allá de un hola. Tomaba los libros entre mis manos y los volvía a dejar, sin decidirme a comprar uno, cualquiera, qué más daría que ya lo tuviera en casa, para que me lo firmara. Como una tonta. Él me miraba serio. Supongo que pensó que, o bien era boba, o estaba loca. Cuando la situación se hizo un poco tensa, mi amigo salió en mi ayuda: no recuerdo qué le dijo, el caso es que se despidió de él y me arrancó con suavidad de la caseta. He hecho el ridículo muchas veces en mi vida, pero recuerdo pocas tan nítidamente como ésa.
Al principio sé que le miraba con la intención de descubrir algún rasgo distintivo en sus facciones, algo que supusiera una señal de que era una persona sensible, un poeta, alguien con una visión del mundo sutil, exquisita, con una mirada única, irrepetible y con el don de convertir esta mirada en las palabras justas y necesarias. Y bellas. Luego, sencillamente, me quedé atrapada en esa situación absurda que hoy me hace gracia: no me hubiera bloqueado tanto delante de George Clooney.
Ángel González se ha ido y nos ha dejado sus poemas. No se puede pedir más, salvo una vida menos triste y dolorosa.
IGUAL QUE SI NUNCA
¿Es algo más que el día lo que muere esta tarde?
El viento
¿qué se lleva,
qué aromas arrebata?
Desatadas de golpe, las hojas de los árboles
ciegas van por el cielo.
Pájaros altos cruzan, se adelantan
a la luz que los guía.
Sombría claridad
será ya en otra parte
-por un instante sólo-
madrugada.
Con banderas de humo alguien me advierte:
-Míralo todo bien;
eso que pasa
no volverá jamás
y es ya igual que si nunca hubiese sido
efímera materia de tu vida.
ÁNGEL GONZÁLEZ
Aquí podréis encontrar más información sobre él.
Pd.- Triste celebración porque ésta es mi entrada número cien. (¿Por qué esa afición por las conmemoraciones, por los números redondos?) Triste entre paréntesis: celebremos, sí, la vida de un poeta.