domingo, 4 de abril de 2010

DE VUELTA A CASA (quizá nunca me he ido)

1-A veces me apetece nerudear un rato y escribir los versos más tristes, cualquier noche. Pero es que creo que ya solo sé de prosas. Y de soles. Y de alegrías serenas (con permiso del llanto nuestro de cada día). No es que sea prosaica, es que me vuelvo simple. Y no es falta de autoestima, doctor, es solo higiene. Simple, llana, llama, sencilla y de una pieza. Limpia y canosa. Tan solo una mujer que nerudea en prosa.

2-Hoy me dijeron afortunada por tener un camino. Y yo que lo sé, contuve el llanto. Y cuando llegué a casa, saqué el mantel a cuadros, encendí una velita, abrí un tupper y me invité a cenar en el mismo centro de la encrucijada. Que es donde vivo. Con la toma de tierra y el silencio exacto. Mañana usaré el mantel para hacerme un hatillo. Veré pasar a la gente. Sonreiré, pediré lo justo, echaré de menos. Y seguiré caminando, aunque sueñe que vuelo.

3- Nunca pensé que me costaría tanto recobrar la esperanza. A veces estira sus patitas y sale corriendo calle abajo. No suelo sentir ira, vivo con sencillez, procuro dar más de lo que espero. Intento no hacer eco-eco-eco en mi cabeza. Sólo me faltaba ella para estar razonable, atómica, humana. Ayer tuve una idea. Me he puesto cara a la pared y he gritado: un, dos, tres, al escondite inglés. Si la conoceré. Me he dado la vuelta y la he pillado subiendo la cuesta. Ahora se la liga ella. Sé que se quedará conmigo si consigo estarme quieta.

miércoles, 31 de marzo de 2010

SÍNTESIS

Para mis hombrecitos vestidos de naranja.



Mira: así queda tu rosal en mi ventana.
Es pequeño, como todo lo bueno.
Ahora lo veo cada vez que miro afuera.
Me recuerda que el mundo no es tan solo ese lugar hostil donde todos fingimos.
Me enseña que el cariño verdadero pasa el tamiz del tiempo.
Es una pincelada de afecto en mis paisajes cotidianos.
Te doy las gracias.

viernes, 26 de marzo de 2010

PASIÓN

A veces una se levanta de la cama y ve el aura de las cosas. Se hace consciente del contraste entre lo que le han enseñado a querer y lo que quiere de verdad. La pasión. Lo que llena el alma y pone en movimiento pies y manos. Y la cabeza a centrifugar. Y activa los sensores, hasta convertirse por completo en piel y ojos. Y desencadena esa sensación indescriptible del placer más puro, más inocente, más perverso, más carnal. Ése que es dolor y es dicha. Cantar la propia canción. Desposeerse. Aprender que amar a menudo significa cerrar puertas, cubrir los muebles con sábanas blancas, regalar al polvo y al abandono lo que más queremos. Aprender a vivir en la contradicción, en la incertidumbre, en lo que realmente somos. En esa maravillosa e imposible soledad que tememos y necesitamos. Ser menesterosos. Ese gran placer. Inmarcesible. Abrir un libro nuevo y asomarse al mundo desde los ojos de otro. Que me lleven los demonios, desde este mismo instante, al centro neurálgico de mis infiernos domésticos. Ese incomparable placer, la pasión, la razón última. La escritura. La muerte. La vida.

lunes, 22 de marzo de 2010

CUADRÍCULA NOCTURNA




Tres copas y el papel deja de ser milimetrado. Y la música se convierte en cuerpos, en sudor, en seres planos, en ojos con visión nocturna, a través del humo, epidérmicos, momentáneos. El suelo está pegajoso, cuesta mover los pies, pero bailamos. Y pronto comienza la subasta. Más desnudos que nunca, vulnerables, esclavos de la fisiología. Como si hubiera otra cosa. Tiras la piedra y, a la pata coja, avanzas. Llegas a la casilla. Afrontas la demanda, el beso. Te lo piensas, acaso, si no ríes. O besas. O mientes una vez más y recoges la piedra, te das la vuelta. A la pata coja. Hasta casa. Y allí ya, en la cama, a solas con los oídos nebulosos y el olor del tabaco para conjurar al asco, se recobran al fin las dimensiones, los volúmenes. Una mano invisible te acaricia la frente y luego, con su tiralíneas, devuelve una a una las rayas a la página siguiente, para que no se vuelvan a despistar los lapiceros.

domingo, 14 de marzo de 2010

NO POR OFICIO

La muerte de Delibes me impresiona más con el paso de las horas. No por el hecho, triste, inevitable, sino por el contraste. Por los testimonios de su vida que me han ido llegando de diferentes medios. O sus propias palabras: un humano que no considera su vida tan interesante como para escribir su biografía. Seré muy simple, pero a mí eso me parece extraordinario. Con lo que yoyeamos todos. Incluso los que sabemos que nuestras vidas son poco interesantes. En fin. A lo que iba: Un escritor que declaraba que no quería “estirar por oficio el número de mis novelas”. Eso para mí es una declaración de amor genuino. Y de respeto: hacia sí mismo, hacia la literatura. Ganas me han dado de escribirla –literatura- con mayúsculas. Quizá por honrarle a él, a Delibes, y a sus novelas que son espejos, espejos que nos muestran sin intermediarios esa realidad de la ficción; espejos que enseñan, pero sin subtítulos. Al contrario. Carne cruda. Y los espejos de todos es sabido que no hacen concesiones a nadie. Ni a los pobres lectores, que buscamos, quizá con avidez, en la ficción alguna pista para entender el mundo. Cuanto menos a quienes le leemos con afán de aprender, de pillarle en un renuncio, de darle la vuelta al tapiz para desentrañar los caminos de sus hilos. Para nosotros no hay ni concesión, ni piedad. Ni burladeros. Sólo la necesidad de admirar la herramienta precisa, la mirada certera. Y el compromiso de aprender de la generosidad, la honestidad incuestionable de este escritor, y, me atrevería a decir, del hombre.

Escribo esto y me siento un poco presuntuosa, incapaz de maquillar la vanidad cautiva en mis sentimientos, en mi tardío descubrimiento. Y si lo vuelco aquí es porque yo pienso un poco como Menchu, en Cinco horas con Mario: “(...)si las palabras no se las dices a nadie no son nada, botarate, como ruidos, a ver, o como garabatos, tú dirás. ¡Benditas palabras (...)!

viernes, 12 de marzo de 2010

EN LA LUNA



La realidad, con ese modo tan suyo de conducir, ha tirado del freno de mano sin pedirme permiso. Tenía el pie a fondo en el acelerador de este Ferrari, con lo que os podéis imaginar: la inercia me ha estrellado de lleno contra la luna.

Y he decido quedarme aquí una temporada.

Desgravitada, sorteo los cráteres con pasos que flotan, me entretengo en soplar a la bandera de los EEUU para que ondee (aunque aquí hay una brisa que recuerda mucho al mar). He empezado a respirar sin escafandra. Me invento los atardeceres, porque no sé si aquí los hay. Seguro que desafío a algunas leyes de la física que ignoro. No me importa. Miro al planeta azul allá abajo. Y me dejo sobrecoger por el espectáculo, impresionante. He resistido a la tentación de buscar mi casa en sus relieves. Mi casa viene conmigo, allá donde voy. Ahora lo sé. Mi corazón. Esta vida mía que cambia, que se hace grande, que duele, que trasnocha. Que es todo lo que tengo y lo que quiero tener.

Os deseo un buen fin de semana a todos, desde la luna. Si os distraéis en mirarla, agitad la mano. Así podré lanzaros un beso.

lunes, 8 de marzo de 2010

COLORÍN COLORADO




Adán y Eva han discutido. Está harta de ir desnuda, según parece. Mira, chica, con ropa, pues no es lo mismo, le dice él. Que uno ya tiene una edad, y la convivencia pues es lo que tiene: que cansa, que todo se hace rutina y los mismos estímulos dejan de producir ciertos efectos. No es que Eva sea pacata, al contrario. Lo que le pasa es que es friolera. Le ha sugerido que ciertas transparencias podrían resultar estimulantes, pero él erre que erre. Argumenta que nada como lo natural y que lo demás son imposturas. Que si acaso tiene algo que ocultarle. Y, a la mínima, saca el tema de la dichosa manzanita. Y Eva tiene que morderse la lengua. Sabe que no debe decir nada. Pero piensa en la serpiente. Por ella sabe que primero vendrá Caín, y luego Abel, y que entonces sí que se liará buena, y ya no habrá quien detenga al mundo y sus desastres. Sabe que la recordarán como la débil. Que será maldita. Y vuelve a pensar en las transparencias. Y en la necesidad de conquistar y ser conquistado. De amar, de pecar, de un abrazo a tiempo. Suspira. Siente frío, sí, pero no tiene nada que meter en la maleta. Y eso hace que sonría de repente. Mira a Adán que duerme la siesta. Desnudo. De espaldas a ella. Se ha puesto a llover otra vez. Siempre llueve sobre mojado, piensa. También que es mentira que las hojas de parra sean suaves. Y se le escapa una lágrima. Se ha equivocado de sueño. Se despide en silencio y, mientras se aleja, trata de imaginar que habrá otros jardines.