Tiempos extraños. La gente tiene los ojos tristes. La calle está llena de fumadores con cara de frío. El Vips de la esquina está medio vacío a la hora de la cena desde hace un par de semanas. Todos tenemos miedo de quedarnos sin trabajo. De la pérdida. Algunos contamos las monedas, ponemos excusas para no salir. Para no gastar. Las mujeres seguimos sin entender a los hombres. Y viceversa, supongo. La soltera añora una familia. La casada mira atrás con nostalgia y se siente culpable por desear retroceder. Los cuarenta suenan a amenaza. Una librería cierra y deja de caldear ese pedazo del mundo. La vida parece que va en serio. El Barça sigue por delante. Rafa Nadal también coge la gripe. Nadie hay invencible. Qué mierda es fatigarse por andar trescientos metros. Qué mierda tener que elegir entre llorar o respirar, entre la asfixia o la ansiedad o la pena. Qué gran suerte, bien pensado. El ego se disfraza de cualquier cosa. De mal humor, de desconfianza, de interés. De desamor, de miedo. La vida parece estar llena de días. Pero hay días en que parece que nos faltara la vida. Ausente. O tal vez nos empeñemos en no verla. Debe de ser eso.
Y si no, para algo está la impermanencia. Sonreír. Al final todo es una cuestión de tiempo.
